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Paisajes

Una noche como hoy en la que mi sangre ruje por tu sangre y mis navegantes y sinuosos vuelos mentales no dejan de arrastrarme sin piedad a una fotografía que refleja en tus ojos el mas hermoso de los brillos.

Suelto a borbotones todo el veneno que mi cuerpo contiene, escupo suave espuma cremosa que diluye todo a su paso.

La cuidad me acompaña en la furia, en el fervor. Alimenta esta sed interna que me obliga a jalarme la ropa para aliviar la presión. Casi al borde de la locura mi cerebro logra evocar tu rostro, imagino tu mirada expresiva y me dejo llevar.

El mar calmo y templado me roza los pies. Gaviotas revolotean y caminan sobre la arena húmeda. Un médano bañado por la luz dorada del intenso sol del desierto. El verde de los árboles del parque que visitamos solo una vez. El aire puro del bosque traido como en una capsula acude a mí al igual que otros miles de paisajes de paz que mi mente percibe solamente al recordar tu risa.

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Humo

Humo, plantas, insectos.

La noche

El cigarrillo se consume cuando mi boca lo besa. El humo asciende, gira, se detiene y flota.

Es una noche de verano pero hace frío. No, no es el clima… Soy yo. Es frío del alma que se cansó (por hoy) de gritar lo que desea y no le doy.

Cuesta tanto soltar todo y escapar, cuesta tanto despegar los pies y emprender el camino.

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Gorda

Iba caminando por la calle con un amigo, saliamos de un bar luego de habernos pasado la noche hablando y riendo compulsivamente. Prendo el quinto cigarrillo del día y sigo el camino. Al doblar en una esquina muy concurrida, un auto con cuatro hombres ebrios adentro, se detiene momentaneamente y me gritan: “sos hermosa, GORDA”… mi amigo mira sin decidirse entre el enfado o la ignoracia… y yo lo único que pienso es “se dieron cuenta”.

Sí… porque yo ya lo sé. 

Soy gorda, obesa… siempre  lo fui… gracias por hacer que no lo olvide, gracias por no dejarme disfrutar una sola noche.

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Me voy

Una gota. Dos gotas. Tres gotas. Cuatro gotas.

Agito fuertemente el frasco, treinta y seis gotas caen atravesando el agua templada. Las conté una a una.

Tomo el vaso con mis manos temblorosas. Me siento en la cama, me pongo los auriculares y de un solo trago me bebo todo el líquido. El familiar sabor ácido invade mi boca. Pongo mi lista de reproducción creada especialmente para la ocasión y me acuesto mirando el techo.
Es ahora cuando la tranquilidad, la paz absoluta comienza a invadirme, me dejo absolutamente a su merced.

Cierro mis ojos, siento cómo me alejo. Con vértigo, rápidamente, me voy.
Me voy. Me voy.
Me fui.