Literatura·Menea la mente

McGrasa

No sé qué me repugna mas, si el acto casi sexual, las caras orgásmicas que ponen al morder ese bastoncito frito y embadurnado con ketchup o la cantidad de alimentos dañinos que ingieren sin realmente saber qué tiene ese disco marrón, caliente y grasosos que llaman carne.

Apenas cruzo las puertas automáticas el olor del aceite viejo y quemado me pega un cachetazo de lleno en toda la cara. Me voy a ir de este lugar de mierda toda apestosa. Camino hacia la condena, mis zapatillas hacen un sonido entre gracioso y asqueroso al pasar por el piso enchastradísimo con esa crema blanca nombrada helado. De solo ver los polvos y líquidos de procedencia dudosa me deprimo. Miro el menú y solo veo blancura, el banner luminoso chorrea grasa y se derrite lentamente. La gente asombrada se mira las manos mugrientas y tratan de limpiarse en la ropa. Una vieja sin dientes me pasa su mano pegajosa por la manga y un señor se limpia en mi pantalón, a mi alrededor las personas son como largas y blandas velas sin pabilo debajo del sol de enero.

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Gorda

Iba caminando por la calle con un amigo, saliamos de un bar luego de habernos pasado la noche hablando y riendo compulsivamente. Prendo el quinto cigarrillo del día y sigo el camino. Al doblar en una esquina muy concurrida, un auto con cuatro hombres ebrios adentro, se detiene momentaneamente y me gritan: “sos hermosa, GORDA”… mi amigo mira sin decidirse entre el enfado o la ignoracia… y yo lo único que pienso es “se dieron cuenta”.

Sí… porque yo ya lo sé. 

Soy gorda, obesa… siempre  lo fui… gracias por hacer que no lo olvide, gracias por no dejarme disfrutar una sola noche.