Menea la mente

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Día a día lucho enseñándome y recordándome lo importante que es no sucumbir ante la comodidad de ser una oveja gorda y peluda acarreada por el sistema, conducida ciegamente hacia no sé dónde por el capitalismo hermoso que nos confronta. Hay momentos en lo que mi mente se cierra a mí. Hay mañanas en las que no quiero levantarme, no quiero ni abrir los ojos, solamente deseo que algún ser pensante me dé una palmada en el hombro y diga que tengo que seguir adelante haciendo lo que verdaderamente siento para que en un futuro cercano, o lejano, alguien se contagie y se anime a cuestionar y cuestionarse, con criterio… y a reclamar junto conmigo los derechos que realmente merecemos.

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Fuego

Mis ojos no ven la llama pero mi cuerpo entero la siente. Mi dedo pulgar presiona el encendedor sin intención alguna de detenerse.

Mi mano entera se abre y el encendedor calcinado cae a la cama prendiendo suavemente la sábana ajustable. 

Me río. Mis ojos no ven la llama pero mi cuerpo entero la siente, la cama ardiendo se chamuzca y cruje al compás del fuego. Mi cabeza se levanta, recorro la habitación violeta con la mirada. 

Me río. El cuarto es naranja, amarillo y negro ahora. Mis libros festejan la liberación, mis cosmeticos y perfumes se derriten haciendo pequeñas y grandes explosiones, de la cama ya nada queda. Miro la ventana con sus cortinas ennegrecidas, se consumen cada vez mas rápido. Me río.

Mis ojos ahora ven la llama pero la llama me siente a mí, me abraza y me recibe en su interior. Me río y me fundo con ella.

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Ruedo

Subí a un auto que no era para mí. Miré el sms y supe en ese mismo momento lo terrible de mi situación.

La ruta es lisa, el viento logra apenas colarse por la ventana. Me sofoco, busco aire nuevo, aire puro para limpiar mis pulmones del fétido olor que despide el maldito auto.

Sigo, en silencio, analizando las posibilidades,algunas descabelladas otras fatídicas.

No sé cómo salir de esta. Temo, pienso, temo, resuelvo. 

Mi cuerpo rueda sobre el cemento, siento mi piel limarse con el suelo arenoso y duro. El aire es pesado ahora, no llega lo suficientemente rapido a mis pulmones. Ruedo rapido, no puedo detenerme mientras giro en la acera. Dudo seriamente si sobreviviré o no. Por un mínimo instante me siento arrepentida de haber abierto la puerta, de haberme lanzado al vacio y a mi suerte. Luego recuerdo, no tenía mejor opción.

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Me voy

Una gota. Dos gotas. Tres gotas. Cuatro gotas.

Agito fuertemente el frasco, treinta y seis gotas caen atravesando el agua templada. Las conté una a una.

Tomo el vaso con mis manos temblorosas. Me siento en la cama, me pongo los auriculares y de un solo trago me bebo todo el líquido. El familiar sabor ácido invade mi boca. Pongo mi lista de reproducción creada especialmente para la ocasión y me acuesto mirando el techo.
Es ahora cuando la tranquilidad, la paz absoluta comienza a invadirme, me dejo absolutamente a su merced.

Cierro mis ojos, siento cómo me alejo. Con vértigo, rápidamente, me voy.
Me voy. Me voy.
Me fui.